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Noticia ampliada

Sobrevive al Sahara construyendo una moto con su 2CV siniestrado

19-10-2014 | Juan Pedro Ponce

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Emile Leray había estado trabajando durante algunos años en varios países africanos como mecánico y electricista. Según el mismo era licenciado en "Mecánica Africana". Lo que no sabía aún era que esos conocimientos le iban a salvar la vida.

En 1993 decide realizar un viaje en solitario a bordo de un Citroën 2CV por el Sahara marroquí con la intención de llegar hasta Mauritania.
Todo iba bien hasta que en un puesto de control cercano a Tan-Tan, los gendarmes le prohíben el paso alegando que si sigue hacia el Sur se internaría en los territorios controlados por el Frente Polisario. En esos años el conflicto por el control en el Sahara Occidental se había recrudecido.
Leray decide burlar el control dando un gran rodeo por el desierto fuera de las pistas controladas. Durante los dos primeros días no tuvo apenas problemas, pero al tercero un gran roca destrozó por completo parte del tren delantero, dejando el 2 CV inservible.
Sin saber muy bien donde se encontraba, pero con la certeza de que nadie iba a poder encontrarlo si permanecía allí, comenzó comprobando la comida y el agua de que disponía. Según sus cálculos apenas durarían 10 días, eso con suerte y racionalizándola desde ese momento. Insuficiente para volver caminando hasta el puesto de control, todo pasaba por reparar el accidentado Citroën.

No disponía de muchas herramientas, tan solo alicates, algunas llaves fijas, alambre, martillo, corta chapa un pequeño serrucho y un sinfín de tornillos. Después de comprobar una y otra vez que era imposible, decide intentar una solución desesperada.

Construir con los restos del coche una moto que le sirviera para alcanzar la civilización.

Utilizó el 2 CV como refugio y comenzó a desmontar el coche. En diez días tenía que tenerlo terminado ya que sino la situación se complicaría sobremanera. Estaba en plena hamada con millones de piedras como única compañía y una temperatura que superaba los 40º.

Transmisión, batería, caja de cambios, depósito de combustible, un pequeño sillón y hasta un espacio para poder llevar parte de su equipaje. Dobló piezas de metal y las unió entre sí con ayuda de los tornillos de los que disponía.

La simplicidad del motor bóxer refrigerado por aire ayudó mucho a la adaptación.

A los diez días la moto no estaba lista, pero todo indicaba que podría terminarla. Los tres días que al principio pensaba que tardaría en construirla se habían alargado un poco.

Los soldados del control militar que doce días antes le habían dado el alto no salían de su asombro cuando lo vieron llegar subido en semejante artefacto. En el bidón solo medio litro de agua era lo que le quedaba.

Los gendarmes viendo lo que había ocurrido no le dejaron proseguir ya que las placas de matrícula no se correspondían con el vehículo que aparecía en la documentación. 

Detalle de como transmitía la tracción del motor a la rueda.

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