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Noticia ampliada

Ruta Aventura 2014: Bolivia-Chile

26-10-2014 | Redacción

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Convertido en una tradición, el Ruta Aventura se realiza una vez más este 2014. Siendo esta su cuarta edición, ya tiene una directiva consolidada y con experiencia en Overlanding y OffRoad, conformada por José Matta, Juan Rojas y Camilo Rubilar, han decidido un gran desafío personal y grupal: Llevar la caravana a la mística localidad de Uyuni, Bolivia; donde se encuentra el salar más grande del mundo.

La ruta recorrió un promedio de 1100kms (Calama-Uyuni-Calama) y estuvo en el vecino país durante 4 días, desde el 18 al 21 de septiembre (ambos días incluidos), visitando lugares como Volcán Poruña, Ollagüe, Villa Ilota, San Cristóbal, Uyuni, Pulacayo, Isla Incahuasi y Pescado, Gruta de las Galaxias, San Pedro de Quemez.

El Salar de Uyuni se encuentra a unos 600kms al noreste de Calama a 3600 metros sobre el nivel del mar, en el departamento de Potosí y Oruro en Bolivia. Existen 2 temporadas para visitarlo: seca y mojada. Por logística y desconocimiento de la zona (además de la escasa información precisa y clara), el staff organizador decidió realizar el viaje para temporada seca, además no estaba asegurado el combustible, por lo que se consideró el último repostaje en Calama.

Iniciando el Viaje

La caravana, compuesta por 6 vehículos todoterreno provenientes de distintas partes de Chile, como Viña del Mar, Copiapó, Santiago, Antofagasta y Calama, inició su viaje el día 18 de septiembre a las 8AM desde Hito Topater, con dirección al paso fronterizo de Ollagüe. En la reunión de partida, se dio la bienvenida a los nuevos participantes, coordinamos las posiciones de la caravana, se entregaron recuerdos y merchandise del grupo como  mapas cartográficos de la zona a visitar en Bolivia. Además,   se  pegaron gráficas alusivas a nuestros auspiciadores: Ingeniería y Servicios Lablée, Plaza Club Calama y Graphix.cl.

Al iniciar el viaje, nos despidieron con los clásicos cañonazos del 18 de septiembre. En el camino a la frontera, pasamos por lugares como Minera Radomiro Tomic, Chiu Chiu, Volcán Poruña, Vista trasera de volcanes San pedro y San Pablo, Minera el Abra, Ascotan, entre otros.

El volcán Poruña tiene una gran particularidad: mide 150mts de altura y tiene la clásica forma de volcán que uno dibuja como cono con la punta cortada; de un intenso color café y textura rugosa destaca en la lejanía de la pampa en ascenso a la Frontera.

 Esta ruta, si bien no presenta dificultad técnica, es constante subida. Desde Calama (2300 msnm) a Ollagüe (3800msnm) se cruzan varios salares, asentamientos mineros menores, paisajes impresionantes y una calma que permite dejar la rutina atrás para disfrutar de esta gran aventura.

Comienza la verdadera aventura.

Una vez pasada la frontera, el paisaje cambia radicalmente. Se mantiene la vegetación, las formaciones rocosas van a su antojo, haciéndonos imaginar formas de animales, árboles y obras de arte. La fauna pareciera querer mostrarse, lucirse sin miedos: vicuñas, alpacas, pájaros, todos continúan sus vidas sin siquiera tomarnos en cuenta.

Nuestra primera parada fue en la Laguna Turquirí. Esta laguna-bofedal está a 4200 msnm aproximadamente, siendo una maravilla de observar,  pero el viento helado y fuerte reinante en el lugar nos hace abrigarnos y afirmarnos para poder avanzar. Infinidad de tonalidades en el paisaje, las alpacas tranquilas pastando. En las cercanías hay una formación rocosa que nos recuerda vagamente al MOHAB en EEUU. Si bien no teníamos definido dónde almorzar, sí estaba destinada 1 hora para dicha actividad, por lo que procedimos a comer algo.

Los caminos en Bolivia, si bien son carreteras establecidas, son en su mayoría de tierra, ¡pero no como los caminos de Chile, no, no! Son caminos mantenidos, suaves, casi sin hoyos, donde viajar a 90km/h es realmente seguro. Tampoco existe mayor tránsito vehicular, sólo turístico.

El primer pueblo en visitar fue Villa Ilota, ubicada en el altiplano boliviano, realmente parece un pueblo fantasma ya que hay muy poca gente, caminos de tierra y los motores que resuenan en el silencio de las calles. Aquí decidimos como grupo si irnos directo a Uyuni o buscar donde dormir en las cercanías. Como suele suceder en nuestros viajes, hay momentos de decisión grupal o del staff que son circunstanciales y agregan ese toque incertidumbre al viajar de esta manera.

A medida que avanzaban los kilómetros, pasamos de los tonos verdes, rojizos, café a tonos más bien grises, blancos, como si estuviéramos en una película de los 40. Pasando el pueblo de San Cristóbal, ya nos acercamos al primer destino.

La llegada al salar es impredecible, porque respiras ese aire seco, sin humedad; tampoco sientes el viento altiplánico, pero el blanco de los alrededores es evidente y su inmensidad no te permiten sentirte in situ, aunque el GPS  marca “Salar de Uyuni”. Debido a nuestra ruta, llegamos al salar por el sureste, como bordeándolo. Muy parecido a lo que ocurre cuando vas de San Pedro de Atacama a Toconao o Peine. Uno va al mismo nivel y como el salar es tan vasto e inmenso, no se logra apreciar su majestuosidad desde nuestra simple perspectiva humana.

Cuando estamos en esta última parte del trayecto, uno de nuestros integrantes avisa por radio que necesita detenerse para revisar su vehículo. Sebastián, en su Samuka, se orilla en el camino y todos nos ubicamos a su alrededor mientras el levanta el capot. El Samuka presenta problemas de temperatura, el radiador está hirviendo, hay agua pero no logra enfriar el motor. Luego de varias paradas decidimos que Andrés y Nicolás se adelanten a Uyuni con el fin de  encontrar un lugar para descansar esa noche, ya se nos hacía tarde y no conocíamos el pueblo. En la bajada desde la aduana, nuestro querido amigo Juan se empezó a sentir mal, no por la puna, ya que él es oriundo de Calama y trabaja a gran altura en la minería, sino por resfriado. Con el pasar de los kilómetros fue empeorando, por lo que partieron antes al lugar cuando confirmaron que habían encontrado hospedaje.

El pueblo de Uyuni.

Lo primero que vemos al entrar a Uyuni es la gasolinera, ¡uf!! Al menos hay donde llenar los estanques. Hay bencina (ni idea que octanaje o calidad) y diésel. Como es la única en kilómetros, literalmente en muchos kilómetros a la redonda, a eso de las 8 de la noche que llegamos, era un caos habiendo camioneros, filas de TLC, gente caminando hacia el pueblo, etc. Después de revisar una vez más que le Samuka pudiera continuar, ubicamos por radio al resto de la caravana para que nos guiaran al alojamiento.

Seguimos al Cherokee por las locas y desordenadas calles de Uyuni, atentos a todo y principalmente al tráfico, llegamos casi al centro del pueblo, a un hotel llamado Hotel Toñito. Este hospedaje es muy bueno, a un costado del regimiento militar de Uyuni, por lo que también nos hace sentir más seguros. Menos mal el hotel tenía suficiente espacio en los estacionamientos para los 6 vehículos, por lo que procedimos a guardarlos. El personal es  muy amable, nos ayudaron en todo, pudimos dejar nuestras pertenencias e intentar aclimatarnos a 3600msnm y aire seco hacen que cada movimiento necesite un esfuerzo extra, acelerando un tanto la respiración.

Una vez repartidas las piezas, dejamos a Juan descansando, con fiebre alta, dosis de antigripales para que se sobrepusiera a la enfermedad y, además,  teníamos claro donde estaba el hospital local en caso de ser necesario. Preocupados nos fuimos a cenar en el restaurant del hotel.

A parte del personal, éramos los únicos latinoamericanos. Toda la señalética, instrucciones y carteles estaban en inglés. Entrar al restaurant fue como teletransportarse a otro país, otra región del mundo. Gente hablando idiomas que ni sabes de qué tratan, rubios, pelirrojos, altos, gente mayor, jóvenes, un comedor tan cosmopolita como el embarque en el aeropuerto internacional.

La ambientación era bastante variada, pero con una temática de por medio: El Salar de Uyuni, sus visitantes, sus historias, recuerdos, fotografías. El lugar es acogedor, grato ambiente, festivo y relajado, sólo hay gente pasándola genial y disfrutando de un momento de esparcimiento después de turistear todo el día.

El dueño del hotel y restaurant  atendía personalmente la caja y tomaba las órdenes, porque uno debía tomar la carta, decidir qué comer y tomar,  luego acercarse para pagar fuese en dólares o pesos bolivianos, recibir una carta de naipe inglés que identificaría tu pedido y por el cuál te buscarían luego para entregártelo.

Nos servimos distintos tipo de pizza, tomamos bebidas locales (Pilsen y cerveza) y comentamos los pormenores del primer día de viaje: el Samuka en la incertidumbre, Juan afiebrado y qué haríamos mañana en el recorrido. Sebastián, Ricardo y Braulio estuvieron hasta más tarde revisando el Samuka, desarmando el sistema de refrigeración en busca de fugas o fallas.

Al amanecer del 19 de septiembre, con una hora antes en el reloj biológico, el aire ya era más fácil de respirar, los movimientos no tan torpes y después del sueño reparador, ducha caliente y saber que se está de viaje, el día empezó fenómenal.

Debíamos retirarnos del hotel a las 10:30 am a más tardar, eso significaba a las 11:30 am en Chile. Entenderán que cuando uno anda de viaje, los tiempos cambian y uno se acuesta temprano y despierta temprano, pero despertarse a las 7am hora chilena, implicaba ¡6 am en Bolivia! Ya había sol afuera, estaba fresco, por lo que nos dispusimos de a poco a ordenar la ropa, cargar los vehículos y hacer tiempo para ir a desayunar.

Con José fuimos a una agencia turística cercana, a averiguar si había algún otro lugar para visitar que no fueran los más comunes, buscábamos ese punto al que sólo los lugareños van, que los TLC obvian y que valen la pena. Desgraciadamente nos fue mal, pero recabamos información sobre Pulacayo, nuestro próximo checkpoint en el RA2014. El frío fuera del hotel era notorio, yo diría unos 6º Celsius y siempre con brisa.

Uyuni, como ciudad, es bastante avanzada en comparación a los otros pueblos que pasamos, hay bancos, policía, comercio, locales comerciales, hospital, “gasolinera”. Pero no crean que es como Chile, solo las calles principales son de adoquines, con un tránsito del infierno porque nadie respeta nada, poca señalética. En definitiva, como San Pedro de Atacama hace 15 años.

Para el desayuno nos habían entregado unas tarjetas que pasamos a las personas del restaurant al entrar. Éramos los primeros (creo yo) del día, así que procedimos a desayunar. En un sector estaba el buffet-desayuno, con bebidas calientes y frías, distintos panes, mermeladas, embutidos y quesos, platos calientes, cereales y lácteos, la mesa rebozaba de alimentos y nosotros ya aclimatados íbamos por ellos.

Todo fresco, bien presentado y delicioso, nos llenó de energía para iniciar el día. Luego de que todos estábamos ya sentados, sirviéndonos, llegó el resucitado Juan, radiante, nuevo, como si recién se hubiera bajado del avión que lo trajo de Chile a unirse a nuestra aventura, nos alegramos mucho de verlo mejor, con color y ánimos para compartir y comer. Luego de muchas bromas terminamos de desayunar, ordenamos y cargamos vehículos para retirarnos del lugar. Me quede con las ganas de traerme el patrol Y61 que vendía el dueño del hotel.

Una vez afuera, abrieron el Capot del Samuka y empezaron a revisar. Si bien Uyuni es un pueblo, encontrar cosas es un desafío. Mientras fuimos a cargar combustible, las niñas del grupo fueron de shopping, otros a cambiar dólares por pesos bolivianos para pagar la bencina, Sebastián y compañía fueron a buscar algún ácido para limpiar el radiador. Compraron suficiente como para levantar sospechas, pero era lo que había. Luego de intentar e intentar limpiar el radiador, drenaron y limpiaron el ácido, llenaron con agua y partimos hacía Pulacayo.

Lejos lo que más impresionó a los choferes de la caravana es la innumerable cantidad de Toyota en el camino, series 60, 70, 80, 90, 120, entre otros, cargadísimos con turistas y arriba sus pertenencias; en serio… ¡son muchos! También los Nissan Patrol Y60, Y61 nos dejan boquiabiertos. Este escenario nos hace pensar “tantos de estas leyendas acá en Bolivia y en Chile imposible tenerlos”.

Una de las principales cosas que es necesario desmitificar y recalcar es que en todo el trayecto la gente de Chile y Bolivia fueron amables, atentos, sociales y carismáticos. En el vecino país, cada vez que el grupo necesitaba preguntar por algo, buscar o comprar (donde fuere) algo, obteníamos una respuesta positiva y acorde. La humildad y respeto por la cultura son claves cuando se decide recorrer otros países, valores que como grupo tenemos muy claros.

Pulacayo, Centro Minero.

íbamos hacía Pulacayo, por la salida este del pueblo, tomando la carretera que lleva a Potosí. Solo las calles principales están con recubrimiento en Uyuni, adoquines o bloques de sal. En las afueras entramos a una carretera perfectamente asfaltada y demarcada, a los pocos kilómetros un… ¡peaje!, el costo del desarrollo. En este punto, Sebastián volvió a orillar el Samurai, porque la temperatura subió rápidamente. Como el resto del grupo ya estaba en la fila del peaje, me orillé junto a Sebastián para saber qué sucedía y prestarle apoyo. Él decidió volverse a Uyuni para reparar el radiador, José le dijo que nosotros iríamos sin él para darle tiempo a resolver el problema, así que con radio en mano se devolvieron a Uyuni y nosotros, luego de pagar 10 bolivianos (800 pesos chilenos) procedimos a viajar hacia Pulacayo.

Pasando el peaje, el camino empieza a subir abruptamente, pasando de los 3600 a los 4300 msnm en poco menos de 10 minutos. Es en esta instancia que notamos que la D40 de Nicolás “se apuna”, no logra andar sobre las 2400RPM en segunda. Yo me había quedado atrás tomando fotos en el mirador, por lo que apuro el paso, pero a medio andar me los encuentro yendo lento, los paso y sigo mi camino. Llegando a Pulacayo, Andrés en la Runner nos espera para indicar dónde está José, pero pasados 15 minutos aún no aparece la D40 con el Cherokee que lo iba escoltando. Finalmente llegan para poder iniciar la visita al museo, pero nos quedamos con la duda de si fue solo puna en la camioneta o algo más.

Pulacayo es un centro minero que tuvo su auge en el siglo XIX gran parte del mineral era embarcado en Antofagasta que, antes de la llegada del ferrocarril, era transportado en mulas hasta la Perla del Norte. Dicho viaje tomaba entre 2 a 3 semanas, difícil es lograr dibujar dicha travesía en nuestras mentes, ya que demoramos 8 horas entre Calama y Uyuni, bastante más abrigados y preparados.

El pueblo ahora es mantenido por la COMIBOL (Comisión Minera de Bolivia) que aún extrae algunos minerales. Habitan alrededor de 200 personas.

En todo momento creímos estar en un museo gigante, pero al poco andar aparecieron niños, mujeres, pequeños almacenes y hasta vehículos particulares, el colegio de muy buena construcción y tamaño llamó nuestra atención.

Como en todas partes del mundo, la minería hace que un pueblo y sociedad resalte por sobre el resto debido a que se tienen sueldos altos, trabajo asegurado, vivienda, educación, estatus; pero esto trae consigo problemas de convivencia, excesivas horas de trabajo y abuso, precarias condiciones laborales, un sinfín de situaciones que hacen que en muchos de estos asentamientos se generen revoluciones, cambios importantes en la sociedad.

Pulacayo no fue la excepción, su sindicato permitió crear la tesis (algo así como nuestros decretos) que reformó el mundo laboral en Bolivia, permitiendo regular los salarios, horas de trabajo, beneficios, entre muchas otras cosas.

El pueblo nos deja esa sensación de añoranza, pero al mismo tiempo, de vida, elementos del ayer y hoy se enfrentan constantemente, creo que la sensación es como estar en Humberstone pero con gente todavía viviendo ahí, aunque en un tiempo diferente. Se escucha a lo lejos una industria trabajando, está todo mantenido, limpio, ordenado, pero al mismo tiempo abandonado. Al caminar por sus calles se siente el peso de la historia, pero al ver la actualidad entremedio hace que se rompa el esquema, creo que es una pequeña radiografía de la situación actual de nuestros vecinos bolivianos.

Pulacayo es un lugar con gran historia, gracias a ello se fundó Uyuni como pueblo, lugar de descanso para los transportistas entre el yacimiento y el cruce del salar hacia la frontera.

Al igual que nuestro querido Copiapó, en Pulacayo estuvo la primera locomotora del país, a vapor y traída desde Europa, lo que permitió agilizar el transporte y extracción de los minerales, aportar nuevas mejoras y tecnologías al Centro Minero.

El cementerio de trenes es alucinante, las locomotoras están bien mantenidas, sin rayados, uno puede revisarlas e intentar remontarse a la época. Incluso, es posible observar el tornamesa, los vagones antiguos, rieles y calderas.

El viento y el frío son nuestros fieles acompañantes, nos hacen recordar que estamos entre los 3600 y 4300 msnm.

De retorno a Uyuni.

De vuelta a Uyuni, la D40 sigue como ahogada, apunada, solo en el descenso logra agarrar velocidad suficiente para ir a buen paso. Al llegar al peaje nos dicen que debemos volver a pagar, aquí se generó un pequeño drama ya que se hizo fila (¡y en medio de la nada!) lo que provocó unos cuantos bocinazos hasta que solucionamos el detalle.

Ya estando en el interior del pueblo, empezamos a intentar ubicar a Sebastián por radio, pero no contestaba, asumimos que no recibía la señal o tenía la radio apagada. Habíamos acordado juntarnos afuera del Hotel Toñito a la vuelta de Pulacayo, pero no encontramos a Sebastián ni el Samuka, por lo que rápidamente nos juntamos como staff a decidir cómo proceder. Finalmente dejamos un mensaje en la recepción del hotel con instrucciones claras para Sebastián: Si el Samuka estaba bueno, los esperaríamos en la entrada al salar de Uyuni, en Colchani. Si el Samuka no funciona, conseguir que le suelden una lanza, para llevarlo con la D22.

Así emprendimos la ruta hacia Colchani, atravesando el laberinto de calles para salir de Uyuni, cuando en un giro a la derecha aparece el Samuka, capot levantado, andando en ralentí. Ahí estaba, al lado de un taller de reparación de radiadores. Teniendo en cuenta que los TLC mueven la economía en el lugar, el taller fue una gran salvación.

El Samuka tenía el radiador tapado, por lo que en unas cuantas horas lo embarillaron, limpiaron, instalaron y probaron; todo esto mientras andábamos en Pulacayo.

Felices por haber encontrado a Sebastián, emprendemos la salida de Uyuni, en dirección a Colchani. No es un adiós al pueblo, si no un hasta pronto.

Así como en Chile los pueblos están fundados cerca de ríos o mar, en esta parte de Bolivia están ligados a los trenes.

En un abrir y cerrar de ojos pasamos por las polvorientas calles de Colchani, unos cuantos niños nos saludan, me sentí como esos europeos en los documentales que andan por África,  nosotros les devolvimos una sonrisa y sacamos las manos para despedirnos.

El camino de Colchani al Salar era atroz, mucha calamina y tierra, por lo que tuvimos que detenernos a bajar aire en los neumáticos, promedio 20PSI.

Después de 15 a 30 minutos de camino con calaminas, chuscales, polvareda y tránsito alto con camiones, buses y Land Cruisers en ambos sentidos, llegamos a una de las entradas del Salar. Para entrar existen accesos demarcados, debido a que alrededor del salar siempre es húmedo.

Salar de Uyuni.

Ya con el gran objetivo del viaje enfrente, toca respirar hondo (no mucho eso sí, para evitar el mareo), mirar hacia atrás, tomar unas fotos, entender el simbolismo de estar en un lugar mágico, con buenos amigos, grandes ruteros y la mitad de la travesía por venir.

 Ingresando  al salar existe un monolito en conmemoración de unos accidentados y, con el crespúsculo acercándose, enfilamos en dirección al sol (ya eran las 5:30pm del 19 de septiembre) en la inmensidad blanca. En este punto todo parece lejano, inverosímil, solo dos días de viaje y ¡pareciera que hemos pasado por tanto! la ausencia del tiempo medido (horarios, reloj, rutina) en un lugar tan especial, permite fundirnos en esta paz y tranquilidad. Una alegría común nos embriaga.

Luego de andar unos 20 km divisamos a los lejos un tótem o estatua. Al acercarnos vemos que es alusivo al Dakar, que en la edición 2014 pasó, solo en la categoría motos, por Bolivia y su salar. Aprovechamos de tomar fotos con la puesta de sol en el lugar, pero apuramos el paso para poder ver donde armar el campamento antes que oscurezca. Con la ausencia directa del sol, el viento y frío se apoderan del lugar, intentando tumbar nuestra felicidad de estar ahí. Llegamos a una edificación que corresponde a un museo de sal, al parecer también es alojamiento.

José, en el intertanto que el resto del grupo se estaciona y apiña, negocia con el administrador del lugar si podemos dormir al interior del museo, armando nuestras carpas.