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Noticia ampliada

Kerala en Royal Enfield

02-11-2015 | Jonathan Bentman y Daniel Gonzalez

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Daniel ha estado viajando por India, desde Nueva Delhi, en el norte del país, hasta Kanyakumari,el punto meridional del Subcontinente indio. Lo ha hecho sobre una Royal Enfield Bullet 500cc. Más de 6.500 kilómetros, durante tres meses, a través de desiertos en el norte y junglas en el sur. Durante su aventura tuvo un encuentro casual y ha salido fotografiado, con “Five”, en un bonito artículo sobre Kerala (India), en el número once de la revista inglesa Overland Magazine.

Mi nombre es Daniel y soy de Alicante, aunque ahora resido en Barcelona. Tengo 46 años y actualmente trabajo para una empresa de viajes india. Durante mi carrera profesional he sido desde empresario hasta directivo de una multinacional española en Londres.
A India llegué en octubre de 2010, con el amor de mi vida, mi mujer Marta. Fuimos por su trabajo.
Con ella pacté un acuerdo que me permitiría disfrutar de unos meses de libertad y decidir posteriormente a qué dedicarme allí, para generar los ingresos necesarios para vivir. Después de algunos maravillosos meses y valorar alternativas, decidí apostar por trabajar en el mundo del turismo y encontré una oportunidad en una agencia de viajes de aventura en Nueva Delhi.
Con mi amigo Ramesh Nambiar, dueño de la agencia, estuve aprendiendo, viajando y trabajando durante casi cuatro intensos años. Hubo muchos momentos difíciles. Un día recuerdo meter el cuerpo hasta el hombro en una trapa, en plena inundación por el monzón, mientras intentaba llegar a la oficina para encontrarme con unos clientes. También fueron duros los problemas de comunicación por las diferencias culturales con mis compañeros indios, seres queridos y añorados, de otro mundo. Pero hubo muchísimos maravillosos momentos de emoción, gratitud y de verdadera paz.
Después de regresar a España seguí vendiendo viajes al Subcontinente indio desde aquí. Poco más de un año después decidí volver de nuevo a India, esta vez solo, para hacer un gran viaje en moto.
Llevaba varios sueños conmigo, alguno de ellos se harían realidad cinco meses después.
Además de cumplir sueños los viajes traen sorpresas y todo fluye como si fueras un pájaro sobre la brisa playera. En Kannur, Kerala, me encontré con Jonathan Bentham que estaba de vacaciones. Esta es la historia de lo que pasó durante aquel grato encuentro y como he acabado saliendo en Overland Magazine.
... A quella mañana estaba esperando la respuesta del director del hotel. Le había pedido una noche más sin cargo. Se hacía tarde y ésta no llegaba. Aquellas primeras tardes de abril en la playa empezaban las tormentas. Por fin llegó un empleado para decirme que lo sentía mucho, estaba completo el resort y tenía que irme.

Después de hacerme una foto con Five y el fantástico personal del resort, salí a la carretera general de la costa hacia Kannur, sin realmente tener claro a dónde iba, aunque tenía dos confirmaciones de hoteles en al zona.
El tráfico era horrible, el calor soportable. Five iba bien, pero después de la primera parada de descanso, al iniciar la marcha, el velocimetro dejo de funcionar. A los pocos kilómetros decidí parar en un taller, en el que vi unas Enfields en la puerta. Unos chavales charlaban con los smartphones en las manos. Puse el caballete y pregunté por el mecánico. Me dijeron que tardaría poco, sin hacer mucho caso y siguiendo con su animada charla. Me senté en la famosa silla de plástico que hay en todos los
rincones del país, y esperé observando a los chavales. Modernos, guapos y simpáticos, Indios del sur, con un comportamiento casi occidental y un toque indio. Me pregunté qué hacían allí e imaginé que uno de ellos era el hijo del dueño del taller. Un mecánico de Royal Enfield, algo que hoy en día cotiza
en alza y es un muy buen negocio en India.


Al poco rato llegó sobre un scooter el susodicho, con el cable del velocímetro para Five. Los chicos me preguntaron y le llamaron al móvil para que trajese el cable de repuesto. En unos diez minutos hizo el trabajo. El precio fue 150 rupias. Me puse en marcha de nuevo con el intenso tráfico y el calor en aumento, cruzando puentes sobre los canales de las marismas de Kerala, los Backwaters. A los pocos kilómetros de Kannur giré por un camino hacia el mar, destino de la primera opción de hotel,
donde llegué por un laberinto de estrechos caminos y cruces, entre viviendas de pescadores. Al fin llegué a la carretera paralela a la estrecha playa, separada por un rompeolas. El hotel era una casa de huéspedes al borde de la carretera, muy desolada. Al parar frente a la verja, apareció un chico. Tuve la impresión de que no había más huéspedes y él no entendía nada de inglés. Le dije que tenía un correo suyo, confirmando mi llegada hoy, que era agente de viajes y estaba de reconocimiento. Me
dijo que esperase. A los cinco minutos salió con un señor y me dijo que si quería quedarme allí, tenía que pagar. Fue una confusión por el idioma. Sin enfados ni rencor, me di la vuelta hacia la moto y salí girando hacia el sur.


Para llegar a la segunda opción de hotel atravesé Kannur, sin perder de vista el mar y al dejar los suburbios, después de pasar saludando por un reluciente concesionario de Royal Enfield, giré hacia la costa, por una carretera local, empinada hacia las palmeras. Pronto llegué a otra pequeña carretera paralela a la costa, con un par de tiendas, su parada del autobús y sus paisanos con lungui, tomando chai. La marca del GPS estaba cerca de allí, pero después de un par de intentos sin
encontrar rastro, decidí llamar a Nivesh, el contacto del hotel donde me estaban esperando. Me dijo que fuese al final de un camino, por el que había pasado antes, que allí me estaba esperando alguien para acompañarme al hotel. Volví y Moha me esperaba bajo un árbol donde me indicaba con un
gesto, que debía dejar la moto. Me ayudó con las alforjas y empezamos a caminar por un sendero a través de huertos tropicales y casas de colores con vacas alrededor. Hasta que llegamos a un llano desde el que se veía el mar, abajo, a través de las palmeras, postradas ante él. En ese momento estaba cansado y malhumorado. El día había sido largo, después de no poder quedarme en Nileshwar y con a priori una ruta de solo 60 kilómetros. No sabía bien a dónde iba, lo había marcado en el
mapa, pero ni siquiera había visto la web del hotel. De repente empecé a darme cuenta de lo que tenía a mi alrededor y cada paso que daba hacia abajo, me iba relajando y cambiando el gesto tenso, por una sonrisa. Moha ajeno a mi repentino cambio emocional, seguía el sendero por un jardín hermoso de palmeras inclinadas hacia el oeste y otras exóticas plantas y flores tropicales. La casita que me esperaba al llegar abajo estaba a cinco metros de la playa, en una cala de unos 200 metros, con unas barcas de pesca en su extremo sur y una roca enfrente a unos 100 metros, Chera Rock.


Mis sonrisas fueron casi carcajadas y llantos de emoción al llegar y ver donde Moha dejaba mis bartulos. En la playa ví a un extranjero haciendo fotos y le saludé desde mi terraza con un Namaste, alzando mi mano abierta, todo emocionado. Todavía en ese trance entré en la habitación, de tonos rojizos, con una amplia cama. Estaba en el sitio que estaba buscando, muy contento. Me fui a preguntar a Moha si tenía vino o debía ir a comprar fuera. También le pregunté por Nivesh y me dijo que me llamaría más tarde. Al volver a la habitación, se presentó un señor, que era el padre de Nivesh y responsable de la propiedad. Le dije que estaba muy contento y agradecido, saludando con las manos juntas y un Namasté. Detrás estaba Moha que me pregunto a qué hora quería cenar. No
había comido, solo chai y patatas fritas.
Pasé la tarde en el mar, fotografiando y saludando a los pescadores y paisanos, todos de buen humor.
En un par de días se celebraba un festival hindú y el ambiente era festivo, con la gente bien arreglada, con mucho colorido. Poco antes de la cena me llamó Nivesh diciendome que estaba en Thalassery, su pueblo a solo 15 km de Chera Rock.
“Señor Daniel, venga mañana a mi pueblo, por favor, quiero mostrarselo.” Me dijo.
“Ok, muchas gracias, no está muy lejos...” Le dije.
“Venga con su moto y daremos una vuelta juntos, le espero sobre las 10.”
Nivesh era motero y tenía una Bullet. El espectáculo del atardecer pasó ante mí, apareciendo en el horizonte las luces de los pescadores y las primeras estrellas en el
cielo. Al mismo tiempo los colores y los tonos se hacían más intensos. Estaba escuchando música, buen jazz que me había recomendado mi buen amigo Xavi. Entonces
apareció el europeo al que saludé al llegar y me dijo:
“Muy buena música.”
“¿Te gusta el jazz?.” Le pregunté.
“Sí, me gusta todo tipo de música.”
Respondió.
“Si tienes un pendrive te copio buen jazz.”
Le dije.
“Ohhh, muchas gracias. Déjame ir a buscarlo...“


Cuando volvió nos presentamos y me dijo que se llamaba Jonathan y que estaba de vacaciones por el sur de India con su familia.
Nos deseamos buenas noches y se fue a su habitación, que estaba en el extremo opuesto de la casa. Al rato llegó Moha con una abundante y deliciosa cena con dhal, arroz, curry, chapati, pickle, verduras salteadas, pescado y mejillones. La tomé muy despacito disfrutando de la bonita noche.
Al día siguiente después de un baño, desayuné frente al intenso azul marino del mar. Cuando salí para irme a Thalassery, me encontré con Jonathan y su familia desayunando en su terraza. Me presentó a su mujer y a su hijo, y me dijo que le había gustado mucho la música. Me preguntó que iba a hacer durante el día y le conté mi plan. Me dijo que era fotógrafo profesional y que si me apetecía, por la tarde, podíamos ir a hacer fotos con la moto. Le dije que estaría encantado y con un poco de
prisa me despedí de ellos con el casco y la mochila a cuestas. Media hora me llevo el paseo matutino a Thalassery. Después de dar un par de vueltas y preguntar varias veces por el colegio donde había quedado con Nivesh decidí llamarle. Me preguntó dónde estaba y dijo que vendría a mi encuentro.
Yo estaba, en el centro del pueblo, en la comisaría de policía, junto a la zona colonial antigua del pueblo, cerca de un fuerte, una iglesia y un colegio antiguo. Allí me fumé un pitillo en una sombra.


Al poco rato llegó Nivesh con compañía, conduciendo su flamante Bullet 500cc Desert Storm. Nos saludamos con sonrisas y exclamaciones y me dijo que les siguiese. Fuimos a una plaza rodeada por la iglesia, el colegio y la muralla del fuerte, todo sobre un balcón con vistas a la playa de abajo, llena de pequeñas barcas de pesca sobre la arena. Aparcamos las motos, hicimos unas fotos y después de las presentaciones y los primeros comentarios me dijeron que les acompañase. Pocos metros
después de la balconada y al pasar unas escaleras que bajaban a la playa, había un jardín muy mal cuidado, lleno hierbas silvestres y arbustos de gran tamaño, todo ello rodeado por una vetusta pared de piedra con una valla muy antigua y oxidada.
Nivesh es hindú y su amigo musulmán, se llama Moha, y es otro motero amante de la aventura. Nos acercamos a la puerta del jardín que estaba entre dos vigas de piedra, sin nada en el suelo que nos impidiese la entrada, solo las altas hierbas y otras decenas de plantas que crecían salvajes y vigorosas. Los chicos hablaban entre ellos en Malayalam, el divertido y trabado idioma de los nativos de Kerala. Se reían y entonces Nivesh me preguntó si sabía dónde estaba.
En ese momento miré alrededor y abajo con calma, levanté la mirada despacio y le dije:
“Estamos en un cementerio y no me gustan especialmente estos sitios.”
“No te preocupes, están todos muertos.”
Respondió entre risas con Moha de cómplice.
“Eran portugueses, holandeses, franceses e
ingleses. Tienes bajo tus pies los huesos de todas esas nacionalidades .”
Estaba el pleno epicentro de la ruta de las especias, en uno de los puertos malabares más deseados y maltrechos por las batallas coloniales. Sentí un poco de vergüenza de ser descendiente de cualquier colono de trabuco o espada en mano y observé en silencio algunas de las lápidas, con los nombres y las fechas tallados hace decenas de años.


Desde allí nos fuimos con las motos hacia el puerto pesquero que estaba abajo junto a la playa, con un maltrecho y viejo pantalán que se levantaba sobre el nivel del mar varios metros provocando vértigo y pocas ganas de ir por allí. Estaba todo muy destartalado y sucio. Apenas se apreciaban los detalles de la arquitectura colonial en las calles llenas de almacenes de mercancías y otros talleres vetustos. Nivesh se despidió allí y quedó en vernos en una hora en su casa. Después Moha me guió
dando una vuelta por la parte rural de Thalassery, bordeando por carreteras locales los preciosos canales de los Backwaters y los huertos tropicales de bananas. Desde casa de Nivesh volvimos a Chera Rocks, paseando nuestras Bullets, haciendo ruido estereofónico. Al llegar le pregunté si me podía quedar un día más allí. Me dijo que no tenía reservas, que no era problema. Le di las gracias, un abrazo y le dije que había quedado con mi vecino inglés y que nos veríamos más tarde.
Después del obligatorio baño en la calita, comer muy bien y descansar, fui al encuentro de Jonathan y con su cámara al hombro nos dirigimos hacia lo alto del repecho donde estaba Five, entre las fincas de pescadores. Me dijo que era fotógrafo profesional de moteros, y que trabajaba acompañando y fotografiando ingleses y alemanes en tours en moto por sudamérica. Muy contento, sonreí por la suerte que teníamos y lo bien que lo íbamos a pasar.
Al llegar los dos sobre la moto a las tiendas y la parada de autobús, me dijo Jonathan que parase y que hiciese varias pasadas con Five. Me aleje unos metros y
giré para volver y pasar por delante de la cámara de Jon. Mientras tanto empezaron a salir niños de las casas cercanas y los paisanos nos miraban atentamente, con el chai en la mano.
Paré por allí con la buena intención de subir detrás a un joven, pero no querían, se negaban riendo y con gestos de tener muy poco interés.

Tras varios aspavientos y algún grito abandoné la idea y Jonathan me sugirió seguir unos kilómetros más adelante por la pequeña carretera. Y así lo hicimos, unos ocho o nueve kilómetros, saludando con la mano y sonriendo a todo aquel que nos encontramos. En un cruce paré de nuevo, dejando al fotógrafo en tierra y subí camino hacia arriba. De nuevo salieron un grupo de chavales de una de las casas y lo mismo de antes, no
querían subir con el extranjero en la moto. En una de las pasadas, frené en una parada de autobús y pregunté si había algún voluntario para subir conmigo en la moto para hacer una foto. Los cuatro o cinco caballeros con lunghi que estaban sentados se miraron y uno de ellos se levantó sonriendo. Rápidamente se subió detrás y le dije:
“Cuando veas al fotógrafo sonríe y saluda.”
“Yes sir, no problem.” Me dijo él.
Y así pasó la tarde hasta que la luz cedió y volvimos a casa sudorosos pero muy contentos del buen rato que habíamos
pasado entre risas y palmeras. Al poco rato apareció Jonathan con el pendrive en la mano y una sonrisa diciéndome:
“Toma, las fotos”.
“¿Tan rápido?”. Le dije yo.
“Sí hombre, es mi trabajo de todos los días”
Fue una tarde memorable. Además al día siguiente lo tenía libre en el paraíso tropical. Y por si era poco el próximo destino estaba muy cerca, sólo a 82 km, y tenía muy buena pinta. Eso sí, tenía que volver a subir a la montaña con Five en rodaje, con poco más de 500 km de nuevo motor desde la rotura de pistón en Kunigal… Pero eso son otras historias que ahora no vienen a cuento. Después de terminar mi viaje, mantuvimos el contacto y Jonathan me escribió diciendo que se lo había pasado tan bien y le había gustado tanto Kerala, que se iba animar a escribir sobre nuestro encuentro. Meses después me llegó a través de un compañero amigo motero indiano, Raul Sanz, un mensaje con la foto de la doble página de Overland Magazine, donde salgo con el tipo indio de la parada de autobús, sonriendo ambos como en el paraíso.
En una próxima entrega publicaremos el artículo  traducido de Jonathan Bentman, que remata esta historia de dos moteros, un  inglés y un español, en los confines de la exuberante y adorable Kerala, en la India del sur.

Continuará...

Más información en: Blog Aventura India

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